AUT CESAR, AUT NIHIL

Jose Antonio Rodríguez Alva

Escritor

Para el observador que se aproxima por vez primera a la obra de Prestell, habría que dotarle de sextante, de un manual para caballeros renacentistas y de un atlas de mundos imaginados. ¿Cómo entender de otra forma la geografía distante y humanizada de estos cuadros? ¿Su poderosa inmersión en el mundo de lo real? A cada paso que damos, nos vemos asaltados por la duda de no haber descifrado una línea, de haber dejado escapar un signo, de no alcanzar el significado último del trazo.

Será prudente volver sobre nuestras huellas, ver nuestra sombra reflejada en el lienzo, encontrar como le sucede al artista, el hilo de oro que conduce a través del laberinto. Porque aquí mora, quien iniciado graba la piedra, la claridad del saber entre lo oculto de las sombras, el poder de la máscara y la alquimia redentora.

Prestell ha sabido a través de la materia plástica devolverles un cuerpo, atomizar de nuevo lo disperso, aquí se reaviva el fuego, el espejo nos devuelve la mirada...

Participamos de un rito en el que generación tras generación se ha interpretado la misma melodía, pero ha ido cambiando el ejecutante.
En la mañana del mundo, antes que hubiera ecos de castigadoras manzanas, un poco después de que la gravedad las arrojase sobre las cabezas de los hombres, alguien debió habitar estos sueños, registrar su paso entre nosotros.

Prestell ha sabido a través de la materia plástica devolverles un cuerpo, atomizar de nuevo lo disperso, aquí se reaviva el fuego, el espejo nos devuelve la mirada. Esta noche podremos conciliar confiados, el sueño.