Fragmentos del pasado

Antonio Zarco

Catedrático de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid

Toda obra de arte, supone, consciente, o inconscientemente, un intento de comunicación. Podría pensarse que este proceso de comunicación comienza en el artista, halla su medio en la obra y termina con la presencia de un contemplador. Sin embargo, no es así, el artista casi siempre actúa como un mensajero que, una vez recibido el nebuloso mensaje, le da una forma sensible y con ella lo transmite enriquecido y evidenciado.

¿De dónde procede este mensaje? Sin duda, de los territorios de la sensibilidad colectiva y de la individual, de la pasada, remota, cercana y presente. ¿Con qué medios cuenta el artista para elaborarla y hacerla patente? Con su conocimiento y dominio de los medios expresivos, con su particular vocabulario (plástico en este caso).

En la obra de Prestell, el mensaje que recibimos es primordial, antiquísimo, casi olvidado. Viene de un pasado ancestral y por ello, mágico, poético, misterioso, de una fascinación poderosa y sutilísima a la vez. En puridad cabe hablar no de un mensaje, sino de una serie numerosísima de fragmentos de mensajes.

Ver su exposición es tan sugestivo como sería encontrar una carta del hombre de Ur, o de un habitante remoto de las Cícladas o un altamirano; carta rota, aniquilada, vieja de milenios, apenas descifrable, pero conservando en esos abundantes fragmentos los restos suficientes de signos, sugerencias, gestos, cifras y alfabetos para, en una labor de alta magia, de alta poesía, reconstruir un casi mensaje...

Ver su exposición es tan sugestivo como sería encontrar una carta del hombre de Ur, o de un habitante remoto de las Cícladas o un altamirano; carta rota, aniquilada, vieja de milenios, apenas descifrable, pero conservando en esos abundantes fragmentos los restos suficientes de signos, sugerencias, gestos, cifras y alfabetos para, en una labor de alta magia, de alta poesía, reconstruir un casi mensaje donde se anula el tiempo y su destrucción implacable, acercándonos a una especie de rumor germinal, balbuciente, impregnado de fórmulas misteriosas, atisbos de inmortalidad, temblores y presentimientos de una vida remotísima, que doblándose en el tiempo enlazarse con nosotros.

Lo dicho en estos últimos párrafos, nos podría hacer pensar, sobre todo, en un mensaje realizado con medios literarios, nada más lejano en estas obras de Prestell.

Todo lo sugestivo, sutil y misterioso que de ello se desprende, está apoyado y realizado con medios estrictamente pictóricos, dibujísticos en el sentido más puro del término con una exquisitez y una sencillez profundas, sin que sobre ni falte una línea, un color (y sus matices), un soporte ligero, frágil y riquísimo de sugerencias al mismo tiempo.

Alta pintura, casi inconsistente, casi inaprensible en polo opuesto de la materia porque sí y del gesto vacío y provocador. Aquí todo es voz baja, pálpito, susurro, y a la par, orden, rigor, coherencia, domicilio del oficio casi escondido.

Alta magia y alta poética, digo antes. Añadamos alta sabiduría para quedarse el autor escondido en su obra, como debe ser, como fue siempre con el artista verdadero.